- che, y ademas de linda, inteligente y talentosa, qué es?
- petisa.
para una gran pregunta.
me cayó la ficha
(encima)
martes 21 de febrero de 2012
sábado 22 de octubre de 2011
martes 11 de octubre de 2011
miedo
Calle Belgrano. 15 hs. Siesta. Me aterra la siesta. Por eso nunca duermo la siesta. Porque estoy siempre alerta, no vaya a ser qué. Será que la mayoría de los cuentos de terror que leí ocurrieron de siesta. O porque las mayores atrocidades que presencié sucedieron a la vista de todos. A plena luz del día. A plena luz de siesta, que no es lo mismo. Porque la siesta es más sigilosa, silenciosa, se oyen mejor los ruidos. Y el silencio. Las siestas en Gálvez son eso. Silencio's. Indiferencia's. Miedo. Nada más que eso.
Decía, calle Belgrano atravesada por La Sarmiento.
Esquina de anécdotas para cualquiera que tenga treinta años como yo. Cuatro esquinas. La primera, viejo edificio de Aguas Provinciales donde soliamos sentarnos a tomar la siesta. Enfrente, la otra esquina, O´xido, local de ropa top para la época. Otra vez al frente, esquina de maleficios, de bares, de bares que nunca funcionaron y por eso se murmuraba una maldición, la verdad que la historia nunca la supe, o nunca me intrigó. Y por último, la esquina de Rampone, farmacia poco popular para mí. (Poco popular para mí). Pero lo que quiero contar es otra cosa. Lo que quiero que se sepa es, lo siguiente.
Como si fuera una fotografía tomada de atrás. Dos chicos, una chica un chico (nosotros), parados, de espaldas, mirando a lo lejos por La Belgrano, bien en el centro de la misma. Bien plantados en el medio de la calle. (Cabe mencionar que La Belgrano en una de sus cuadras tiene Una Heladería, y al lado de la heladería una Estación de Servicio y al lado de La Estación de Servicios otros locales que no interesan ahora). Lo que importa es, La Heladería. Heladeria de los mejores gustos del mundo, aunque siempre fui autista, limón al agua con mousse de chocolate, como si fuera un cliché. Pero esta vez, no hubo gustos. Y como si fuera una fotografía, allí estaban. El chico, la chica. Estupefactos, quietos, duros, paralíticos, perplejos. Como llenos de una sustancia diferente. Como si el miedo los hubiese inmovilizado que ni siquiera pudieron tomarse las manos para darse ánimo o, para saber que seguian unidos, juntos. Allí. Paralizados. Mirando a lo lejos. Más que a lo lejos! A lo alto! Al más allá!. Al más allá de los techos de los negocios. Y como si uno fuera descubriendo la fotografia, alzando la mirada hasta llegar ahí. Sí, a lo alto, arriba, lejos. Se quedaría como ellos. Quietos. Duros. Paralíticos. Perplejos. Llenos de, no sé. De lo desconocido, y sin ánimos de solemnizar lo que no se puede. Y pude ver lo que ellos. Sobre La Heladería, la vieja heladería, la heladería de siempre, allí estaban, allí habían permanecido siempre, la hilera de casonas altas, oscuras, de paredes negras, sucias, viejas, viejas de tiempo, de tiempos. Una hilera de casas angostas, con techos a dos aguas, eran tres, cuatro o cinco, todas unidas, pegadas, iguales, idénticas. Oscuras. Sobretodo oscuras. Como si fueran Señoras, o Señoronas. Y lo más asombroso, era de noche. Sí, debajo, donde estaban los chicos, (la chica el chico), de día, de siesta. Pero arriba, donde estaban las casas, las Señoras, como si fueran una cadena de casas que no se sabía por donde se entraba ni como se salía, era de noche. Sus ventanas eran todas iguales, altas, angostas y con una luz tenue que apenas dejaba ver. Como si escondieran algo, su edad por ejemplo, o sus moradores, su historia, su alma. Porque las casas tienen almas. Las Señoras no sé. Aunque éstas eran como fantasmas, las casas. Y era de noche. Siempre de noche. Como la noche de los tiempos. Como si fuera otra dimensión. Como si hubiesen sido construidas de materiales que ya no existen, que existieron pero que ya no. Como si pertenecieran a otra época. Aunque todos sabíamos, no sé cómo, que siemrpe habian estado allí. Para nosotros. A la vista de todos, como todo lo que sucede a la siesta y nadie se da cuenta, ellas siempte habian permanecido. Pero nadie nunca se habia molestado en notar su presencia. Abajo la siesta, para nosotros la siesta, La Heladería, La Estación de Servicios. Arriba, como si fuera otra dimension, (lo era), las casas, Las Señoronas, La Cadena de Casas Oscuras, solitarias, albergando quién sabe qué. Cerradas. Unicas. Viejas. Sucias. Solas. Obsoletas. Descalificadas. Solemnes. Indemnes.
De noche para el que queira ver,
que mire hacia arriba.
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